Diego Elorta

Mi nombre es Diego Elorta, aunque en los foros y comunidades de internet siempre utilizo el sobrenombre de “Mapex”. Soy oriundo de Haro, en la Rioja, donde mis padres eran propietarios de una pequeña aunque productiva parcela de tierra ocupada con vides. También tenían una planta embotelladora que nos permitía vivir holgadamente pero sin demasiados lujos.

En el instituto era el ratón de biblioteca al que siempre pegaban en el recreo. Era un poco empollón y me encerraba bastante en mi mismo. Mis padres me apuntaron a clases de Aikido para aprender a defenderme. Aunque gané en confianza tampoco llegué nunca a ser cinturón negro.

Cuanco cumplí los 18 años mi padre me regaló un reloj de pulsera, un Omega modelo Dark Side of The Moon. No me lo he quitado desde entonces, o más bien desde que un par de meses después mis padres murieron en un accidente de coche.


Tras su muerte decidí vender mi parte del negocio familiar a mi hermana mayor salvo un pequeño porcentaje simbólico. Con el dinero me compré un VolksWagen polo de segunda mano con el que desplazarme a Bilbao para estudiar la carrera de historia en la universidad del País Vasco, en el campus de Leioa.

La pérdida de mis padres y mi traslado a Bilbao cambiaron sobremanera mi forma de socializar.  El pensamiento de que la vida puede irse en un segundo me caló hondo y empecé a esforzarme abrirme más a la gente para disfrutar la vida.

Intentaba ser amable y estaba dispuesto a ayudar, así que hacía buenas migas con casi todo el mundo. Frecuentaba varios grupos de amigos con los que hacía todo tipo de planes y experimentaba cosas nuevas, incluso actividades de cierto riesgo como el parapente o la escalada.
También empecé a tener algo más de interés por las chicas y aunque no era un Don Juan conseguí abrirme unas cuantas puertas. De dormitorios femeninos se entiende. Nunca he tenido ninguna relación seria y tampoco la busco. Lo que tenga que venir, vendrá.

He sido aficionado a la cartografía desde los 15 años y tengo una buena colección de mapas antiguos de todas partes del mundo. También he hecho algunos cursos y talleres, por eso soy perfectamente capaz de realizar, dibujar y por supuesto interpretar mapas a un nivel bastante profesional. En Internet, Mapex, cuenta con buena reputación es este mundillo y es alguien activo en los portales y foros dedicados a la cartografía.

No me obsesiono con planes de futuro, no sé dónde estaré dentro de 10 años pero no tampoco me da miedo. Sin embargo trasladarme a Irlanda o Escocia una temporada sí que entra en mis planes a medio plazo. Toda la vida he asistido a academias de inglés por lo que me manejo perfectamente con el idioma y además chapurreo algo de francés.

Después de la carrera cumplí mi objetivo de entrar en un master para profundizar en el medievo en los países anglosajones. Conseguí una beca para restaurar entornos de interés histórico que me llevó a Escocia, concretamente al Castillo de Dunnottar, 3 kilómetros al sur de Stonehaven.
Me uní a un equipo de 5 historiadores y restauradores que colaboraban con el personal de limpieza y una cuadrilla de trabajadores de la construcción. Todos ellos contratados por la empresa a la que pertenece el castillo.


Aunque entonces estaba cerrado al público temporalmente, Dunnottar era un punto de visita turística utilizado incluso como escenario para algunas películas. Este trajín había provocado deterioro del lugar y por eso estaba aquí la fundación de restauración patrocinadora de la beca.
En los primeros 10 días los trabajos de limpieza y restauración de la mampostería quedan terminados y tras un par de días de estar mano sobre mano los trabajadores se marcharon dejando a los historiadores más a su aire. Fue entonces cuando mi tutor asignado, el doctor Andersen, me reveló la verdadera razón por la que estabamos ahí.

En un escrito del siglo XVI se hablaba de unas catacumbas bajo el castillo donde podrían estar escondidos artículos de un gran interés histórico. En aquel entonces el castillo era un punto de paso de varias rutas de transporte marítimo y según el texto es más que posible que algunos de los últimos templarios dejasen algo oculto.

Un par de semanas de búsqueda infructuosa casi habían minado la moral del grupo de historiadores cuando uno de ellos derramó por accidente su taza de té sobre el borde de la página y se reveló una pista sobre cómo acceder a las catacumbas.

Una pequeña red de túneles con varios huecos que harían la función de almacenes confirmaba que estabamos buscando en el lugar correcto. Finalmente tras una enorme y pesada puerta que tuvimos que reducir a astillas, el doctor Andersen recogió con suma delicadeza de un pequeño pedestal una tablilla de arcilla.


Yo observa absorto la superficie de arcilla cubierta de ideogramas que no se parecían a nada que hubiese visto antes en ningún libro. Repentinamente la arcilla se resquebrajó por un lateral y un trozo de apenas un par de centímetros cayó al suelo.

Andersen dejó escapar un quejido y empezó a apremiarne a sacar el material de conservación para guardar la tablilla cuanto antes. Yo estaba nervioso y emocionado por el descubrimiento, había dejado caer la mochila con las bolsas herméticas y el resto del material dentro de uno de los almacenes laterales. Encendí mi linterna para entrar a buscarlo y al volver Andersen me estaba gritando como no ha hecho nunca antes: "Date prisa, maldito crio idiota".

No podía creerme que ese tono voz fuese de mi tutor, levanté la linterna hacia Andersen sorprendido y por un momento ésta lanzó un destello como el flash de una cámara. Pero en lugar de ver todo blanco y quedar cegado pude distinguir perfectamente la sombra de Andersen proyectada contra la pared tras él. Aunque era varias veces más grande de lo que debía y estaba como estirada hacia los lados con una forma como de… alas.

Andersen se lanzó sobre mi y me quitó la mochila de un manotazo agresivo para acto seguido meter la tablilla en una de las bolsas herméticas con sumo cuidado. Yo aún estaba estupefacto por lo que acababa de ver y apenas pude fijarme en la tablilla un par de segundos antes de que Andersen la guardase en un maletín acolchado del tamaño de un libro de texto.

Pero los ideogramas, que no tenían ningún sentido hace un par de minutos ahora estaban claros como si leyese en mi lengua materna:

“PELIGRO - CORRUPCIÓN - MARIONETAS - REFUGIO PROTEGIDO”

No tenía ni idea como era posible que de repente fuese capaz de interpretar esos ideogramas que no había visto nunca antes. Pero tenía la absoluta certeza de que el último ideograma estaba formado por dos juntos y también que no era buena señal que el trazo hubiese sido mellado por la grieta que se había hecho al coger Andersen la tablilla.

Didier, el historiador francés y coordinador del grupo apareció por el pasillo a largas zancadas en ese momento. Nos preguntó qué sucedía, porque había escuchado un grito y después un forcejeo. Andersen le respondió secamente algo como “Este niñato inútil casi destruye el que puede ser el descubrimiento más grande de nuestras carreras”.

Nos reunimos arriba con el equipo. Andersen expuso la tablilla a los demás. Explicó dónde la había encontrado y se otorgó la tarea de inspeccionarla para tratar de fecharla y documentarla. Todos estuvieron de acuerdo y volvieron a sus tareas catalogando lo encontrado en los almacenes, en su mayoría cerámica rota, algunas monedas y poco más.

En los días siguientes Andersen apenas salió de su despacho, se pasaba todo el tiempo con la tablilla y no dejaba a nadie más verla ni mucho menos tocarla. Cuando salía para comer o al baño, una vez al día, cerraba su despacho con llave. Empezó a comportarse como un paranoico, como si pensara que le iban a robar o atacar en cualquier momento. Su caracter, antes tranquilo y apacible, se volvió arisco e irascible con los demás hasta que una noche me desperté sobresaltado.


Creí ver un fogonazo de luz entrando por la ventana y al asomarme pude ver una forma en la condensación sobre el cristal. Algo parecido al símbolo de sumar pero con un punto en cada extremo y otro en la intersección. Nada más verlo mi cerebro lo interpretó al instante: “aliado”.

Cuando enfoqué la vista más allá del cristal al tiempo que el vaho se disipaba puede ver como, fueram a la luz de la luna Didier y Andersen estaban discutiendo de forma muy agresiva.

Salí corriendo de mi habitación y rodeé el edificio para ir hacia ellos. Cuando estaba llegando desde detrás de Didier ví perfectamente de frente como Andersen abría la boca. Su mandíbula se empezó a extender de forma antinatural para un momento después exhalar un fuego negro rojizo como si fuese un lanzallamas. El aire se llenó enseguida de un repugnante olor a azufre.

El miedo me atenazó dejándome clavado al suelo. El tiempo pareció congelarse y puede ver la cara de Andersen deformada. Estaba estirada, tenía la mandíbula descolgada y los ojos completamente negros. Pero lo que más llamó mi atención fue la sombra tras él.

Una figura oscura, compuesta de bruma negra como el hollín, tres veces más grande que Andersen y desplegándose hacia ambos lados como un búho que expande las alas ante un depredador para parecer más grande.

Tras medio segundo que se dilató como horas mientras observaba esa versión demoníaca de Andersen mi instinto tomó el control y me tiré al suelo tras unos arbustos cercanos. Por más que lo intentaba no era capaz de desviar la mirada.

Didier había levantado el brazo derecho. Tenía la camisa arremangada y el antebrazo derecho orientado hacia Andersen. Susurró una palabra que no consiguí oír y el fuego oscuro y carmesí se empezó a desparramar sobre una cúpula invisible a medio metro del hombre.
En el interior del antebrazo izquierdo que Didier mantenía rígido y pegado al cuerpo, en tensión, llevaba un tatuaje con el mismo símbolo que había en la ventana… “aliado”.

No era capaz de asimilar lo que estaba sucediendo. No lo entendía, parecía totalmente irreal, una pesadilla. Intenté concentrarme en lo que sí podía entender.
En lo que sabía. El símbolo significaba “aliado”. Pero ¿aliado de quién? ¿o de qué?
¿Y qué es la sombra detrás de Andersen?

Entonces ví que la sombra… no estaba detrás… estaba superpuesta a él… no como si lo rodease si no como si ocupasen el mismo espacio…

Me concentré en la sombra, sentí el espacio exacto donde estaba, fuese lo que fuese aquello. Recorrí su forma visible hasta que dí con unos ojos en lo alto de la bruma. Nuestras miradas se cruzaron y por un momento percibí una duda en la presencia.

Andersen dejó de exhalar fuego, su mandíbula volvió a su sitio y sus ojos volvieron a ser humanos. Su cuerpo cayó al suelo como un saco pero la sombra se mantuvo en el mismo sitio igual que una mariposa clavada a un corcho con alfileres. Yo sabía que si apartaba la mirada la liberaría.

Didier se giró levemente hacia mi tratando de no perder contacto visual con la forma brumosa: “Mierda, chico, eres uno de los nuestros. Eso no me lo esperaba. Sujétalo ahí.”

La voz de Didier me hizo perder la concentración. Asustado retrocedí un paso, tropecé con una piedra y caí al suelo de culo. Didier corrió hasta mi y me ayudó a levantarme. Cuando ambos nos volvimos hacia la sombra apenas unos instantes después ya no estaba.

Andersen tampoco.


Lo único que había en el suelo era la bolsa hermética donde metimos la tablilla al encontrarla y algunos trozos rotos de la tablilla. Me quedé mirando a Didier como si fuera la primera vez que lo veía y el hombre me devolvió una mirada cansada mientras se bajaba las mangas de la camisa.

- ¡Mierda! ¿Qué era eso? ¡He visto como esa cosa me miraba! ¿Qué le ha pasado a Andersen? ¿Y tú? ¿Tú quién eres? "Aliado" ¿pero de qué? ¿Has conjurado tú al espíritu ese? ¡Joder! Aun me tiemblan hasta los huevos... Cuando se me ha quedado mirando he sentido como si fuese a partirme en mil trozos. ¿Qué va a pasar ahora? ¡Mierda! ¡Habrá que llamar a la policía! Seguro que esa cosa salió de la tablilla. Igual Andersen hizo algo...

Una diarrea verbal empezó a brotar de mi boca sin que pudiese pararla, no fui capaz de parar de hablar hasta que Didier me puso una mano en el brazo con amabilidad.

- Tranquilo, muchacho. Respira hondo o te va a dar un síncope. El resto no se han enterado de nada aún, tienes que ayudarme a borrar nuestras huellas aquí fuera. Mañana les convenceremos de que Andersen ha huido con la tablilla y pretenderá venderla en el mercado negro o algo por el estilo. No podremos denunciarlo a la policía como un robo porque no hay pruebas de la existencia de la tablilla y no harían nada. Además lo último que necesitamos es atraer más atención sobre la tablilla, podría ser peligroso. Ahora piénsalo un momento, examina tu conciencia, estoy seguro de que sabes lo que era eso. ELLOS te han dado el conocimiento, no eres el primero de tu clase que veo despertar pero tendrás que aprender a concentrarte mejor para que tus celdas sean más resistentes. Ahora vamos a por un café, tengo que contarte un par de cosas.

Durante la noche Didier me habló de lo que sabía sobre los cazadores y los monstruos. No era una información demasiado extensa, él mismo llevaba menos de un año como cazador, pero sí lo suficiente para que hacerme una idea de a qué había “despertado”.

La mañana siguiente convencimos al resto de que Andersen había escapado con la tablilla. El objeto más valioso que había en los túneles. Johaff, otro de los historiadores comenta que había oído rumores sobre Andersen y un contrabandista de antigüedades aunque nunca se demostró nada. Dos meses después terminé mi beca y volví a Bilbao.

Didier me habló de la existencia de hunter.net, una especie de lista de correo casi en desuso donde otros como nosotros compartían información. Pero que en los últimos años se había degradado al llenarse de raritos, adolescentes jugadores de rol y muchos enlaces que no llevaban a ninguna parte.

A pesar de todo conseguí descubrir lo que parecía ser un grupo de cazadores organizados y semiocultos dentro del tejido empresarial internacional bajo la fachada de una empresa de seguridad perteneciente a un imperio corporativo: el grupo Connell.

Cuando empecé a buscar algo más de información sobre el tema una ventana se abría en mi navegador constantemente. Publicidad de un medicamento para mejorar la masculinidad. Un video muestra de botes de pastillas de color azul, hombres canosos hablan de como ya no consiguen mantener su firmeza y mujeres sentadas al borde de la cama con cara de aburridas hablan de cómo sus maridos pasaron a estar deprimidos.

Después de cerrar un par de veces la ventana y que volviese a saltar me dí cuenta de algo raro. Descubrí que en el video había ideogramas semiocultos. Algo que pasaría desapercibido para cualquiera y que aunque diesen con ello no le encontrarían sentido.

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